¿Quién es el mejor violinista de la historia?

Sep 10, 2026 | Luis Segura Álvarez, Reflexiones sobre música

Hace pocos días se publicó un artículo en la BBC Music Magazine que proponía una lista o ranking de los 21 mejores violinistas de la historia. La idea de ranking en este contexto me chirrió desde el principio, sin embargo, es cierto que nuestra sociedad busca constantemente reducir la realidad a taxonomías que le permitan clasificar, ordenar y encapsular porciones de ésta, eludiendo al mismo tiempo la complejidad y ambigüedad de aquello que pretende comprender.

Es un ejercicio absurdo elaborar una lista según una supuesta calidad objetiva de cada intérprete que empiece con Christian Ferras en el puesto 21 y termine con David Oistrakh en el primero. Más bien parece como si el recorrido hubiese comenzado en un punto, hubiese descrito una circunferencia de 360° y hubiese terminado en el punto de salida.

Sé que muchos dirán que Oistrakh es incomparable en la manera en que aúna solidez técnica y musicalidad, una dicotomía perversa que atraviesa el gremio musical en todas partes: violinistas, pianistas, cantantes, compositores…

Pero, tomando por un momento este marco como referencia, ¿no es cierto que todos los integrantes de la dichosa lista han alcanzado la cima en ambos ámbitos? Claro, habrá quien diga: Yehudi Menuhin fue mucho más inestable en cuanto a la solidez de sus interpretaciones, la pasión de su arte quedó, en muchas ocasiones, eclipsada por una técnica inestable. A mi juicio, esta sería una de las raíces del problema; nos incomoda aquello que nos recuerda remotamente nuestra imperfección, nuestra humanidad: una nota algo más alterada dentro del fraseo, quizás alguna aspereza en el roce del arco debido a la intensidad del momento, incluso algún desliz en un pasaje determinado. En nuestros días, estos se han convertido en pecados que, si se persiste en cometer, hacen peligrar la credibilidad del intérprete, y son sólo remediables tras la oportuna penitencia de diez escalas con sus dobles cuerdas y un estudio de Gaviniés, encomendándose a la intercesión de Carl Flesch y Otakar Sevcik.

No, las interpretaciones de estos colosos no son medibles según la pureza y fuerza del sonido, la afinación prístina y el control rítmico. Los portamentos de Kreisler y Enescu, las inflexiones y modulaciones cromatofónicas de Elman, la elegancia incomparable de Thibaud, la serenidad de Menuhin, la nobleza de Perlman, la fogosidad de Zukerman y Mutter; todo ello ligado a una idea de fraseo y tempo que unifica y da vida a sus interpretaciones. Esto escapa a cualquier clasificación y catálogo, y nos acerca a la inconmensurabilidad que es, en definitiva, el arte musical, esa llama incandescente que a un mismo tiempo nos atrae y nos desorienta, siempre obligándonos a prescindir de nuestros prejuicios para acercarnos a la música como la primera vez, desprotegidos.